Este es otro capítulo (aquí el primero) de mis vivencias con tiburones, esta vez relacionado con algo que parece un hecho cierto: la atracción de la sangre y el cebo para los tiburones.
Esta historia comienza un día cualquiera de vacaciones de buceo en Polinesia Francesa. Tras unos largos minutos con varios tiburones puntas plateadas (C.albimarginatus) de más de 2,5 metros, la corriente nos arrastra en un “vuelo” típico de aquellas aguas al medio del paso de Avatoru, en la isla polinesia de Rangiroa.
Al llegar al barco, la hemorragia nasal doble que llevaba unas jornadas disfrutando hizo acto de presencia en todo su esplendor.
La historia de esta hemorragia era sencilla: una leve congestión nasal me acompañaba antes de las semanas de buceo. Para atajarla usé medicinas con buenos resultados, pero la advertencia a los buceadores en estos casos es clara: son peligrosas.
El motivo por el que lo eran se hizo claro en una inmersión algo profunda. Mientras mis compañeros de grupo descendían, sentí como una presión encima de la ceja derecha. Si intentaba sobrepasar los 20m me presionaba, si subía, dejaba de hacerlo.
Intenté bajar una vez y más y noté como una pequeña explosión y un alivio de la presión. Se ve que algo se había roto por ahí dentro. Desde entonces, a las inmersiones con tiburones de esos días les daba un pequeño toque de emoción añadido con hemorragias nasales al salir a superficie. Me aseguraban que no era peligroso para mi salud, y por supuesto dejar de bucear tras 30 horas de vuelo y unos cuantos euros no estaba en mis planes: dejé un día de pausa y volví a bucear. En España por ejemplo eso habría significado el fin de las inmersiones, pero no aquí, era impensable.
El caso es que tras ver 5 lustrosos puntas plateadas muy grandes merodeando, y constatar la habitual presencia de tiburones grises (C.amblyrinchos) uno, acostumbrado a tanta película o documental con escualos atacando frenéticamente a cebo, no expulsa coágulos de sangre en grandes cantidades por la nariz en el agua con demasiada tranquilidad.
Ni que decir tiene, ya que estoy aquí, que los tiburones no prestaron la más mínima atención a mi persona, por más que estuviese rodeado de mi propia hemoglobina y flotando en la superficie.
Ese ¿no era el caso más ¿sangrante? de indiferencia de los tiburones hacia el cebo en forma de sangre humana en superficie?.
Pero no iba a ser el último. Una vez en la barca nos anunciaban la siguiente inmersión del día: íbamos hacia la laguna interior del atolón en busca de los jaquetones manchados o tiburones macuira (C.limbatus).
La visibilidad sería baja, en la laguna el agua más caliente contaba con muchas partículas en suspensión por el fondo de arena y de vida minúscula.
Sería una inmersión con cebo, es decir, un par de guías llevarían una cabeza de atún para atraer a los “limbatus” hacia nosotros.
Ya no estábamos acostumbrados a esa visibilidad. Era mucho más baja que las cristalinas aguas azul oscuro de los pasos, donde la corriente y el fondo de coral hacen que parezca que no hay agua. Se podían ver caer las partículas como copos de nieve, si te descuidabas perdías al guía y estabas seguro de que si venían los macuira, o los que viniesen, los verías solo cuando estuviesen cerca, muy cerca.
El fondo de arena, la visibilidad baja y delante de nosotros, un guía con una enorme cabeza de atún para atraer los tiburones: por mi cabeza en este caso pasaban rápidamente esos razonamientos que había leído del estilo “para bucear con tiburones mejor una visibilidad lo más alta posible” y “el cebo altera el comportamiento de los tiburones”.

Ya me dolía la cabeza de intentar distinguir la distancia-poca-para detectar algo que se moviese. A lo lejos, totalmente difuminados, los vi pasar un par de veces, de morro afilado, con unas bandas grises longitudinales. Los macuira nos vigilaban desde las cercanías bien camuflados en la escasa visibilidad.
Mis ganas de verlos comenzaban a sobreponerse a la aprensión de la situación. La relajación llegó hasta tal punto que se convirtió en deseo porque viniesen ya. Quiero decir, porque se acercasen ya, estaba claro que estaban allí a la distancia justa donde alcanzaba la visibilidad, porque aparecían a retazos para mi intranquilidad.
El grupo que formábamos con dos guías parecía que se había roto en dos. Nuestro guía y el otro habían perdido el contacto, y el nuestro conservaba su pedazo de atún del que iba desprendiendo trozos conforme avanzábamos, pequeños pellizcos al estilo miguitas de pan, destinados a los tiburones. Yo imaginaba un cortejo de ellos detrás de nosotros amparados por la falta de visibilidad, siguiéndonos. Me dieron ganas de darme la vuelta y comprobarlo, pero no era complejo en ese caso haber perdido el contacto con el grupo.
Ahora éramos 5, el guía, mi compañera y una pareja de japonés y japonesa que nadaban a su estilo, sin síntomas de estar vivos salvo por qué no se iban al fondo inertes.
Cerraba el grupo el japonés, de estilo luchador de sumo, cargado con una enorme cámara Nikonos con dos brazos y dos flashes. Yo a duras penas veía su enorme silueta si se rezagaba un poco. Realmente, había poca visibilidad.
¿Cómo vendrían los tiburones si lo hacían? ¿A comer de la mano de nuestro guía que seguía repartiendo pellizcos de pescado? ¿Darían una pasada rápida a por algún trozo suelto viniendo de la nada?
En esto andaba yo cavilando cuando un trozo soltado por el guía flotaba delante de mí. Lo rocé levemente con el guante dejándolo caer al fondo. El guía me vio, arrancó un opérculo de la cabeza de atún y me lo dio. Yo lo cogí, claro, por educación supongo, no por que quisiera.
Ahora si que sí: estaba en una laguna interior de un atolón del Pacífico Sur, famoso por sus tiburones, con un trozo de atún en el medio de una visibilidad atroz, con cierta cantidad de sangre coagulada contenida en algún lugar entre mi frente y mi nariz mientras fugazmente aparecían lo que parecían ser jaquetones macuira en la cercanía.

Volví a sentir cierta aprensión. Afortunadamente por detrás parecía que el grupo estaba bien cerrado por el enorme japonés, o sea que me concentré en menear el opérculo y quitarle trocitos para ir esparciéndolos. Al rato, volvía a desear que los macuira vinieran. Con todas mis fuerzas. Llevaba la cámara con el flash externo, en la otra mano un cacho de pescado, o sea que durante un rato esperé que no fuese necesario avisar con el “sonajero” a mi compa ni usar las manos para nada, porque rebozar mi chaleco con atún crudo no me hacía gracia.
Comencé a sonreír con el regulador puesto pensando en mi situación: ¿cómo me había convertido en un chalado que iba con un trozo de atún dando la vuelta a una isla con palmeritas-motu como les llamán allí-con una visibilidad lamentable intentando atraer tiburones?
No encontré respuesta, solo que no me lo imaginaba cuando dije que vale, que haría ese curso de submarinismo.
Empecé a pensar que no se iban a acercar más. Hacía bastante que no los veía alrededor. Maldije por si la otra mitad del grupo los habría encontrado. A lo lejos veíamos la silueta del arrecife. Parecía que abandonábamos la búsqueda.
En ese momento, una visita acudió a aliviarnos el tedio: una rémora, que se ve que se había alejado de sus habituales portadores, los pelágicos entre ellos los tiburones, intentaba alimentarse del trozo de pescado que llevaba. Se lo pasé a mi compa, Duna, para así poder fotografiar este curioso pez con esa ventosa en la cabeza.

Tras un buen rato de alimentarse de su mano, parecía que se había atragantado con un trozo de pescado. Unos hilillos le atravesaban la boca y nos miraba como diciendo “me he liao”. Evidentemente no podíamos hacer nada, no se dejaba operar precisamente. Con eso siguió merodeándonos pero sin alimentarse más.

En ese momento vi pasar un tiburón puntas negras(C.melanopterus) rozando el fondo de arena. También a una distancia respetable. Se ve que era él el que se estaba beneficiando del rastro de pescado con el que habíamos sembrado los alrededores.
Aparecía fugazmente. Se ve que el pescado que portábamos era la causa de sus desvelos.
Pero ni el puntas negras, ni los macuira ni la propia rémora se alimentaban ya. Era otro pez, pequeño y negro el que se atrevía a comer de nuestra mano.
¿Qué pensar entonces del ansia devoradora de los tiburones frente al cebo? ¿Qué más apetitoso que un buceador meneando un trozo de atún con media cabeza llena de sangre?
Pues nada chico, no vinieron. Aquella inmersión terminó y los jaquetones macuira no vinieron, no se comieron el cebo ni lo hicieron los tiburones puntas negras ni ningún otro primo cercano.
A partir de ese día, y de otros, dudo mucho de lo peligroso de sangrar o llevar cebo frente a los tiburones, al menos el peligro inmediato que se corre al hacerlo.
Por cierto, los macuira aparecieron una semana después, entre un enorme grupo de grises en la isla de Fakarava, tímidos, nerviosos, más que los grises, rapidísimos. Hermosos.

Hoy en día sigo pensando como habrían llegado al cebo si lo hubiesen hecho. Otra vez será, porque queda claro que ellos deciden cuando comen, no nosotros.
¿A qué parece lógico?